Rumi en México

Shams Martínez

Siempre es lo mismo:
cuando termino un poema
me sobreviene un gran silencio
y me pregunto por qué se me ocurrió usar palabras.

La versión es de la poeta mexicana Elisa Ramírez Castañeda para un libro que se intitula La sed de los peces, publicado por CONACULTA en 2005, como parte de la colección “Cien del mundo”. El autor es Jalaluddin Muhammad Rumi y, para ponerlo en nuestras manos, la poeta tradujo textos de Coleman Barks, quien, a su vez, poetizó traducciones clásicas realizadas por Nicholson y Arberry, quienes tomaron los originales del persa. La selección y el orden son, como reconoce la versionadora, arbitrarias y personales.

La revisión de aquel texto fue quizá el paso más firme que di entre mis intentos de elaborar un registro pormenorizado y honestamente árido sobre la producción mexicana en relación con el poeta persa, cuyo resultado se redujo a este y otro par de libros. A la luz de las publicaciones, de lo dicho en las plazas públicas, de lo oficial y lo seudoficial, Rumi es apenas visible. ¿Por qué sucede esto? No es muy original hablar del interés corto de nadie ni, mucho menos, aludir, pongamos por ejemplo, a la poca lectura y a la mucha televisión. Acaso la raíz está en un destino latinoamericano, unos ojos todavía embelesados con las descripciones del mundo que nos regalan Europa y los Estados Unidos, o más profundamente, unas pupilas con dificultad para hacer un movimiento que resuelva la tormenta de nuestra historia (en lugar de repetirla narrándola obsesivamente) y, por ende, una mirada hasta cierto punto impedida para percibir nuevos colores.

Y bien, no es que no tengamos libros y revistas que no mencionen al Jalaluddin Rumi. Son pocos pero dicen mucho. Los libros, como el mencionado, lo versionan y lo muestran de manera personal y arbitraria, lo cual, curiosamente, parece no restar ni una pizca de intensidad al poema. La edición de Conaculta y otra de PAX sobresalen entre las impresas en México. En cuanto a las hemerografía, solo el diario La Jornada, en alguno de sus suplementos, mira al poeta, y muy de vez en cuando. A lo sumo, en la década pasada, se le dedicaron dos artículos, ambos firmados por el hoy célebre Javier Sicilia, también poeta y llamado por algunos místico. El final de uno de sus textos dice:

 

era necesario que un gran místico y gran poeta nos viniera a recordar, mediante la fuerza de la analogía, que todo (…) habla de Dios y el hombre; de sus vínculos, sus profundidades y los límites en los que el alma en el mundo puede vivir y gozar de Él. Escribe Rumi en un hermoso poema: “A través de la Eternidad / la Belleza descubre su forma exquisita.” Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos (…) y hacer que Ulises Ruiz salga de Oaxaca.

 

En un mar de libros, de folletos y megabytes, la imagen de Rumi -reducida en la distancia- se mezcla con aclaraciones (pertinentes o no) sobre política o negocios y el resto no es silencio, sino más comentarios, recortes, reportajes, sobreabundancia de voces y de anuncios. Así son los periódicos y no podemos más que contentarnos con lo que nos dan. Una visita más cuidadosa a sus lugares, tradiciones y maneras simplemente parece limitarse al “happy few”, la feliz minoría que se encuentra aquí ahora, pues ni siquiera podemos hablar de la academia. Pero Rumi claramente no pensaba ni en eso ni en esto ni en aquello. No pensaba, si tomamos en serio lo que dice, en nada que no fuera una cosa, y eso nos da una libertad muy amplia.

Más que rigor, registro y abstracción, los mexicanos preferimos acercarnos a través de un movimiento más ligado con la emoción y la opinión. La traductora poeta a la que hemos aludido, Elisa Ramírez, dice de sí misma y de su trabajo:

 

mi poesía apunta hacia un peregrinaje. Tengo una gran nostalgia del sentimiento de totalidad, de fusión con el paisaje. Soy una persona profundamente religiosa pero atea. De ahí mi indagación en los rituales y en tratar de hacer una recuperación mística a través de las palabras, aunque suene mamonsísimo.

 

Aunque suene como suene, esta tierra se acerca a lo nuevo, aunque esa novedad tenga más de 700 años existiendo, fiel a alguna tradición no escrita, evitando la sistematicidad, en beneficio acaso del sigilo, la referencia al vuelo, la lectura silenciosa, la cita en facebook y la reunión de grupos poco numerosos a la luz de la luna. Así pues, al menos el primer movimiento sucedió a la manera de Rumi. Nos enamoramos y vinimos a parar aquí. México toma con cuidado pero sin reticencias la imagen difusa de Rumi, la sostiene desde el ángulo más claro y universal -su poesía- y la interpreta y reinterpreta.

Hace medio siglo la obra de Mevlana comenzó a esparcirse con cierta generosidad por Occidente, hasta convertirlo en topseller de los Estados Unidos de América. En su estudio “¿Por qué Rumi?”, Shahram Shiva enumera las razones por las cuales su poesía subyuga de manera misteriosa. Estas son algunas: no es intelectual (se dirige al corazón, a los instintos), sus niveles de significado son vastos, cuanto más se aprende sobre Rumi más profundo se va en su apreciación, hay un sentido de unidad y hermandad en cada verso, leer la poesía de Rumi implica un proceso personal, durante su lectura es posible sentir el descenso de algo equiparable con la Gracia, Rumi se expresa como un amigo cercano, Rumi es seductor hasta para quienes no gustan de la poesía, Rumi es un guía…

Y sí, Rumi es un guía, y más explícitamente lo es para sus derviches, muchos de ellos todavía en activo. La orden Mevlevi, fundada por Mevlana (es decir, “nuestro maestro”) Jalaluddin Rumi, respira también en México. A finales de los años ochenta, en el centro del país, existían al menos dos centros móviles donde se repetía una de las tradiciones más peculiares heredadas por nuestro hombre, además de su ya de por sí peculiarísima poesía. Se trata del sema, o giro, práctica que forma una parte básica de la ceremonia sufi de remembranza de la orden, en la cual el danzante gira sobre su propio eje, al son de las percusiones.

A fines de la década del ochenta, también, llegaría de manera definitiva la orden Nur-Ashki-Al-Yerraji, y aunque no fuera Mevlevi de nombre, era Mevlevi de hecho, por linaje y convicción. El sema formó parte básica de su tradición, así como fue quizá la influencia de la orden Mevlevi (y de Mevlana) la propiciadora de una cierta exhuberancia en su manifestación devota. Más tarde, otros exponentes de la tradición fundada por Mevlana, encontrarían lugar en un país dedicado justamente a eso: a recibir y a alojar con los brazos abiertos; un país siempre dispuesto a ponerse nuevas máscaras, diría Octavio Paz, uno que no da pie a ordenadas elaboraciones (algo que bien pudo efectuar Rumi en su monumental Mathanasnavi y que permanece prácticamente ignorado en el mundo de habla hispana), una tierra que se encuentra, al contrario, a gusto permitiendo el fulgor repentino de lo que brilla y conmueve.

No podríamos hablar, ciertamente, de una expansión del sufismo en México, aunque sí de un interés real por revisar y sorprendernos ante sus manifestaciones artísticas y su propuesta religiosa, todo ello en gran medida a causa de Mevlana. Es notorio también que la tradición, como la poesía de Rumi, no tarda en enseñar su verdadero rostro: un carácter metódico y, al dar un paso más allá, la profundidad abismal. Lo que observamos es el brillo ameno de algunos movimientos que se mantienen al margen, no por afán de secretismo ni por algún deseo en específico (tampoco hay una intención de reivindicación religiosa, por ejemplo), sino acaso porque sus metas tienen más que ver con otra cosa, aunque nunca se sabe, en realidad, con nosotros, los mexicanos. O quizá se sabe muy bien, lo que nos motiva, lo que nos espanta, y por eso no se sabe nunca. Jalaluddin Rumi nos lleva a otro lugar.

 

¿Qué puedo hacer, oh musulmanes?, pues no me reconozco a mí mismo. No soy cristiano, ni judío, ni mago, ni musulmán.

No soy del Este, ni del Oeste, ni de la tierra, ni del mar. No soy de la mina de la naturaleza, ni de los cielos giratorios.

 

Junto con Mevlana, ya no nos reconocemos. Debido a él, por un instante, nos sabemos más allá de nuestro nombre y nuestra forma. ¿Y quiénes hacen más explícito ese juego peligroso sino los poetas? ¿Quiénes lo podrían dejar más en claro sino aquellos que lo siguen a partir de la afinidad en el ritmo y las imágenes? Como en un desfile minucioso, algunos poetas mexicanos lo han tomado para sí, como una influencia que termina por convertirse en un camino. En un largo poema precedido por un epígrafe de Rumi, el poeta tabasqueño Francisco Magaña, nacido en 1961, escribía a principios de la década antepasada:

 

La mirada del amor que llega gracias a Él

La mirada del desamor que llega gracias a Él

Todas las criaturas apetecen de su luz

El naufragio que naufraga.

 

La poesía, una disciplina privilegiada, en cierta forma, por su total lejanía de los aspectos comerciales que moldean el arte de nuestra época, ha sido, sin embargo, también tocada por un fondo de desgana, ironía y desesperada exaltación del yo, por no mencionar la taxidérmica intervención del crítico. A la luz Mevlana, curiosamente, esto puede comprenderse muy bien, pero a la luz de ese yo (esa sala de espejos), Mevlana Rumi no puede ser mirado más que como un autor de postales electrónicas. Drusila Torres, poeta del Distrito Federal, nacida en 1987, publicó en la revista Cuadrivio de hace dos años un trío de poemas inspirados de forma explícita en Rumi, precedidos incluso por una cita de Elisa Ramírez, la poeta versionadora que ya hemos aludido. Una de las composiciones dice así:

 

—¿En este momento me sientes, me percibes?

—A cada paso.

—¿Exactamente cómo?

—Como un aroma. Que está por todas partes.

—¿Y cómo es el olor de ese aroma?

—Indescifrable.

 

Poetas buscadores, encontrando, en la vastedad Rumi. Afhit Hernández, poeta morelense nacido en 1980, se declara seguidor de Rumi, y escribe en su poemario de 2010, de nombre El león alado lo siguiente:

 

Aquellas tardes, mi hermana se desprendía, al verme,

de la bandada de niños -que igual a pájaros- escapaban del colegio.

Me tomaba de la mano.

“Vamos a ver el río”, me pedía.

Y mirábamos tanto tiempo las formas que se agitan

sin tener conciencia de que era tu cuerpo el que veíamos.

 

Cuando el mercado es el único medio de distribución de la riqueza, el indicador fundamental para las decisiones de poder y también para casi todas nuestras elecciones de vida, entonces la poesía llega a indicar el orden, bajo una jerarquía que nadie ve, pero una que resulta, antes que nada, inviolable. Y es sorprendente pensar que, aunque Rumi nos da de eso con creces, la poesía no era algo que le importara demasiado. De cualquier manera, todo lo de él parece aún más arraigado y mucho más desenvuelto que las expresiones recurrentes en nuestros foros y centros de reunión. México reescribe a Rumi y baila al ritmo de su respiración, ¿pero qué hay detrás de todo eso? La visión del poeta no hace ningún esfuerzo para mantenerse viva y sin problema alguno abarca las voces donde la verdad sale a la luz. La voz del poeta arropa y precede a la del amante y el maestro, cuyo lenguaje fundamental es el silencio.